El sacrificio de la virgen María


¡Una imagen vale más que mil palabras! dice un proverbio chino... Así, después del ejemplo de nuestro Señor, vamos a ver la práctica del sacrificio en sus mejores discípulos: ¡los Santos!

Y vamos a empezar con el más grande de todos: la Santísima Virgen María. Su infancia –todo lo que podemos intuir en el evangelio– no fue fácil: primero, tenía que conocer una vida pobre y laboriosa en el pequeño pueblo de Nazaret. Y esto se afirmó todavía más en la singular visita del ángel Gabriel, portador de las más increíbles misiones: ser madre de aquel que salvará a su pueblo de sus pecados. María respondió: ¡yo soy la esclava del Señor!

Si pensamos cómo era la vida y obra de una sirvienta en aquel el tiempo, fácilmente comprenderemos la dedicación total y activa de María al Señor.

La misión recibida y aceptada por la Virgen María, tendrá un componente profundamente doloroso: la espada que atravesará su corazón, que le asociará con la muerte de su hijo para la salvación del mundo. Y después de la muerte de su hijo, María se mantendrá durante muchos años en la tierra para ayudar a la Iglesia en sus comienzos...

Una vida totalmente entregada, ¡qué hermoso sacrificio! Es así como Santa Teresita del niño Jesús vio la vida de María: “ nos amas, María, como Jesús nos ama y aceptas alejarte de Él por nosotros. Amar es dar todo y darse completamente al amado. Querías demostrárnoslo siendo nuestro apoyo. El Salvador conocía tu inmensa ternura. Conocía los secretos de tu corazón maternal, refugio de los pecadores, y es a ti, Madre, a quien nos entregó, cuando dejó la Cruz para esperarnos en el Cielo”.


PROPÓSITO DEL DÍA

Mantener como un santo y seña durante todo el día: “¡Yo soy la esclava del Señor!”

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