Modificaciones litúrgicas “ad libitum”


Esta semana hubo una persona que me preguntó: ¿Padre, es normal que mi párroco haga cambios, innovaciones en la misa?

A los católicos que se dan cuenta de que se están haciendo transformaciones radicales les resulta difícil resistir a la propaganda insistente, que es común a todas las revoluciones. Les dicen: “No aceptáis el cambio, pero la vida es cambio. Os quedáis aferrados a cosas fijas, pero lo que era bueno hace cincuenta años ya no conviene a la mentalidad actual ni al género de vida que llevamos. Os quedáis en el pasado y no sois capaces de cambiar de costumbres”.

Muchos católicos han terminado aceptando todo para no escuchar estos reproches. No tenían argumentos para defenderse de acusaciones difamatorias como éstas: “Sois unos retrógrados, anticuados, no vivís con nuestra época”. El cardenal Ottaviani decía ya en 1970, refiriéndose a los obispos: “Tienen miedo de parecer viejos”.

Los católicos nunca nos hemos negado a aceptar ciertos cambios y adaptaciones que son un testimonio de la vitalidad de la Iglesia. El papa San Pío X mejoró algunas cosas, en particular dando más importancia al ciclo temporal, adelantando la edad de la primera comunión y restaurando el canto litúrgico. Luego, Pío XII redujo la duración del ayuno eucarístico a causa de las dificultades inherentes a la vida moderna. Autorizó por el mismo motivo la celebración de la Misa por la tarde, colocó otra vez el oficio de la vigilia pascual en la tarde del Sábado Santo y retocó los oficios de la Semana Santa. Juan XXIII, recuperó toda la liturgia del oficio divino a su forma tradicional y Pablo VI acordó la posibilidad de que se cumpliera con el precepto de oír misa entera a partir del sábado (tarde) para aquellas personas que les sería imposible cumplir con el precepto dominical. Esto dicho, los abusos por parte de los católicos poco fervientes, terminó en que sustituyen el precepto dominical por el sábado y así el domingo lo tienen libre para su ocio. Esto no es lo que Pablo VI quería que sucediese.

Yo creo que la Iglesia tenía sus razones para hacer esos cambios. No tiene que asombrarnos que los católicos sientan la necesidad de comprender mejor los textos admirables de la liturgia romana, de donde pueden sacar alimento espiritual, ni que deseen asociarse más íntimamente a la acción que se desarrolla en su presencia. Sin embargo, adoptando novedades en todas las partes del Santo Sacrificio, no se satisfacen esas necesidades.

Prestar demasiada atención al sentido de los textos, o no guardar los momentos de recogimiento y silencios, puede ser incluso un obstáculo para la oración. Me admira que no se entienda esto, cuando al mismo tiempo se predica una religión del corazón, menos intelectual y más espontánea.

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