Práctica de la presencia de Dios
Maneras de practicar la presencia de Dios, y los frutos que
de esta práctica ha de sacar toda alma cristiana.
Modos de practicar
la presencia de Dios.
Considerando las
maneras de practicar la presencia de Dios, podemos agruparlas en torno a tres
clases de actos:
• por modo intelectual (con los actos de la inteligencia);
• por modo afectivo (con los actos de la voluntad);
• y por modos externos (a modo de recordatorios o
ayudas).
1º Sobre la presencia de Dios con los actos de la
inteligencia, San Francisco de Sales, en su Introducción a la vida devota
(Segunda parte, capítulo 2), explica magistralmente cuatro maneras de
practicarla (los explica como preámbulo para la oración, pero valen también
fuera de ella): «Para ponerte en la presencia de Dios, te propongo cuatro
importantes medios, de los cuales podrás servirte en los comienzos.
1º El primero consiste en formarse una idea viva y completa
de la presencia de Dios, es decir, pensar que Dios está en todas partes, y que
no hay lugar ni cosa en este mundo donde no esté con su real presencia; de
manera que, así como los pájaros, por dondequiera que vuelan, siempre
encuentran aire, así también nosotros, dondequiera que estemos o vayamos,
siempre encontramos a Dios. Todos conocemos esta verdad, pero no todos la
consideramos con atención. Los ciegos, que no ven al rey, cuando está delante
de ellos no dejan de tomar una actitud respetuosa si alguien les advierte su
presencia; pero, a pesar de ello, es cierto que, no viéndole, fácilmente se
olvidan de que está presente y aflojan en el respeto y reverencia. ¡Ay,
Filotea! Nosotros no vemos a Dios presente, y, aunque la fe nos lo dice, no
viéndole con los ojos, nos olvidamos con frecuencia de El y nos portamos como
si estuviese muy lejos de nosotros; pues, aunque sabemos que está presente en
todas las cosas, como quiera que no pensamos en El, equivale a no saberlo. Por
esta causa, es menester que, antes de la oración, por la reflexión y
consideración, procuremos reavivar en nuestra alma esta presencia de Dios. Este
fue el pensamiento de David, cuando exclamó: “Si subo al cielo, ¡oh Dios mío!,
allí estás Tú; si desciendo a los infiernos, allí te encuentro”; y, en este
sentido, hemos de hacer nuestras las palabras de Jacob, el cual, al ver la
sagrada escalera, dijo: “¡Oh! ¡Qué terrible es este lugar! Verdaderamente, Dios
está aquí y yo no lo sabía”. Al querer, pues, hacer oración, has de decir de
buena gana a tu corazón: “¡Oh corazón mío, oh corazón mío! Realmente, Dios está
aquí”.
2º El segundo medio para ponerse en esta sagrada presencia,
es pensar que no solamente Dios está presente en el lugar donde te encuentras,
sino que está muy particularmente en tu corazón y en el fondo de tu espíritu,
al cual vivifica y anima con su presencia, y es allí el corazón de tu corazón y
el alma de tu alma; porque, así como el alma, infundida en el cuerpo, se
encuentra presente en todas las partes del mismo, pero reside en el corazón con
una especial permanencia, así también Dios, que está presente en todas las
cosas, mora de manera especial en nuestro espíritu; y por eso decía David:
“Dios de mi corazón”, y San Pablo escribía que “nosotros vivimos, nos movemos y
estamos en Dios”. Al considerar, pues, esta verdad, excitarás en tu corazón una
gran reverencia para con Dios, que está en él íntimamente presente.
3º El tercer medio es considerar que nuestro Salvador, en su
humanidad, mira desde el cielo a todas las personas del mundo, especialmente a
los cristianos que son sus hijos, y aun de un modo más particular a los que
están en oración, cuyas acciones y movimientos contempla. Y esto no es una
simple imaginación, sino una verdadera realidad, pues, aunque no le veamos, es
cierto que Él nos mira desde arriba. Así le vio San Esteban durante su
martirio. Podemos, pues, decir muy bien con la Esposa de los Cantares: “Vedle
detrás de la pared, mirando por las ventanas, a través de las celosías”.
4º El cuarto medio consiste en servirse de la simple
imaginación, representándonos al Salvador, en su humanidad sagrada, como si
estuviese junto a nosotros, tal como solemos representarnos a nuestros amigos,
cuando decimos: “Me parece que estoy viendo a tal persona, que hace esto y
aquello; diría que la veo”, y cosas por el estilo. Pero si el Santísimo
Sacramento estuviese presente en el altar, entonces esta presencia será real y
no puramente imaginaria, porque las especies y las apariencias del pan serían
tan sólo como un velo, detrás del cual Nuestro Señor, realmente presente, nos
vería y contemplaría, aunque nosotros no le viésemos en su propia forma.
Emplearás, pues, uno de estos cuatro medios para poner tu alma en la presencia
de Dios antes de la oración, y no es menester que uses a la vez de todos ellos,
sino ora uno, ora otro, y esto sencilla y libremente».
El Padre Alonso Rodríguez, por su parte, nos describe otro
modo provechoso de ponerse en presencia de Dios, y es avivar la fe, pero sin
cansar la cabeza tratando de imaginar o ver a Dios:
«¿Cómo tenemos de considerar a Dios presente? Digo que no
más que haciendo un acto de fe, presuponiendo que Dios está aquí presente, pues
la fe nos lo dice, sin querer saber cómo ni de qué manera, como dice San Pablo
que hacía Moisés: “A Dios, que es invisible, le consideraba y tenía presente,
como si le viera” (Heb. 11 27), sin querer saber ni imaginar cómo es, sino como
cuando uno está hablando con su amigo de noche, sin reparar en cómo es, ni
acordarse de eso, sino solamente gozándose y deleitándose con la conversación y
presencia de su amigo, que sabe que está allí presente. De esta manera tenemos
de considerar nosotros a Dios presente: bástanos saber que está aquí nuestro
amigo para gozar de él; no os paréis a mirar cómo es, que no acertaréis, porque
es de noche ahora para nosotros; esperad que amanezca, y cuando venga la mañana
de la otra vida, entonces se descubrirá y le podremos ver claramente cómo es:
“Cuando se descubriere, seremos semejantes a El, porque le veremos como es en
sí” (1 Jn. 3 2). Por eso se le apareció Dios a Moisés en la niebla y oscuridad,
de modo que no le veáis, sino solamente creáis que está presente».
2º Sobre la presencia de Dios con los actos de la voluntad,
nos habla también el Padre Alonso Rodríguez, diciéndonos que se puede practicar
de tres maneras principales:
• La primera, por modo de jaculatorias, esto es, de
oraciones ardientes y breves que se lanzan a Dios en cualquier momento del día,
y que pueden ser variadísimas, y por eso mismo adaptarse a las necesidades
espirituales del momento, o a la actividad que se esté realizando.
• La segunda, por modo de comuniones espirituales, esto es,
de ardientes deseos de recibir a Nuestro Señor, de unirse a El, de conformarse
continuamente con su voluntad.
• La tercera, por modo de ofrecimiento frecuente de las
acciones que vamos realizando a lo largo del día, con la intención habitual de
agradar continuamente a Dios, y de evitar todo lo que pueda ofenderle o
desagradarle.
La ventaja de practicar la presencia de Dios con los actos
de la voluntad, sigue diciendo el Padre Alonso Rodríguez, es doble:
• por una parte no cansan la cabeza, como sí pueden hacerlo
los actos de inteligencia, en que a veces, por cansancio o por aplicación a
otra actividad, no nos es fácil imaginar a Dios o pensar en El;
• y por otra parte son habitualmente mucho más fáciles y
provechosos para el alma, ya que nos cuesta menos amar que pensar.
3º Sobre la presencia de Dios ayudándose de medios externos,
los tenemos variadísimos:
• Imágenes de Dios o de la Virgen, ya sea en la casa o
habitación, ya sea en una estampa o medalla que llevamos continuamente con
nosotros.
• Bendición que se pide a Nuestro Señor o a la Virgen al
entrar y al salir de casa o de la habitación.
• Señal de la cruz antes de salir a la calle, al pasar ante
una iglesia, al encontrarse con una imagen sagrada o una cruz en la calle. •
Beso piadoso del santo escapulario, de la cruz del rosario, de la medalla que
llevamos siempre puesta, etc.
Frutos que se
sacan de la práctica de la presencia de
Dios.
La Sagrada Escritura y la Tradición son unánimes en
encarecer la eficacia santificadora de la presencia de Dios. «Camina en mi
presencia y sé perfecto», dijo el mismo Dios al patriarca Abraham (Gen. 17 1).
Por eso, el alma deseosa de avanzar en la vida interior debe considerarse y
tratarse como el templo vivo, dedicado a Dios en el santo Bautismo, y en el que
Dios ha establecido su morada permanente. Debe encontrar en esta convicción de
fe un poderoso acicate:
1º Para apartar el pecado, que constituye siempre,
cualquiera que sea su gravedad, una profanación de este templo consagrado a
Dios bajo los auspicios de María. De hecho, el sentimiento habitual de la
santidad y de la majestad de Dios, que vive en nuestras almas y ve todas
nuestras acciones, nos estimula poderosamente a evitar la menor falta
deliberada.
2º Para cultivar el recogimiento, es decir, la atención
habitual y amorosa hacia el Huésped divino del alma, a ejemplo y en compañía de
María, Patrona de este santuario, por medio de una fe viva, una caridad
ardiente, y actos fervorosos de adoración y presencia de Dios. Y no sólo eso;
pues, al asegurar al alma el recogimiento, la guarda de los sentidos, el
silencio interior y exterior, y al enseñarle a entrar frecuentemente dentro de
sí misma para adorar al Dios que la habita, la ayuda al mismo tiempo a
mantenerse constantemente en espíritu de oración.
3º Para guardar siempre la modestia más delicada, aun
estando solos, ya que despierta en nosotros la convicción de que todo nuestro
ser, cuerpo y alma, convertido en templo de Dios, es algo sagrado: «¿No sabéis
que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar los miembros de
Cristo para hacerlos miembros de una meretriz? ¡Ah, no!... ¿O no sabéis que
vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis
recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis?» (1 Cor. 6 15-19).
4º Para hacer todas las cosas con la mayor perfección, por
el deseo que aviva en nosotros de agradar en todo al Dios que se digna vivir en
nosotros, y por la pureza de intención que el sentimiento de la presencia
divina inspira a nuestras almas.
5º Para aumentar nuestra fortaleza y energía en el combate
de la vida cristiana, al mantenernos en la convicción de que no luchamos solos,
sino que Dios, presente en nosotros y en todas partes, nos sostiene y nos da
las fuerzas para combatir.
6º Por último, para ofrecer a Dios sin cesar, sobre el altar
del propio corazón, en unión con Jesús y por el ministerio de María, el
holocausto de la voluntad y de todo lo que depende de ella, es decir, de todo
lo que somos, de todo lo que tenemos, de todo lo que hacemos o sufrimos; pues
en un templo todo debe orientarse al sacrificio en honor del Dios que se digna
habitarlo. Quiera Dios que, por la
fidelidad en ejercitarnos en la presencia de Dios, podamos lograr de ella todos
estos riquísimos frutos.
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