MIÉRCOLES DE LAS CUATRO TEMPORAS DE PENTECOSTÉS
LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU
SANTO
1. Agrupados en torno de María (la
Iglesia estacional es Santa María la Mayor), contemplemos, llenos de veneración,
la acción del espíritu Santo en la Iglesia de Cristo. “¡Oh Dios! Mientras Tú
marchabas al frente de tu pueblo, de la Iglesia del Antiguo Testamento, abriéndoles
el camino y habitando en medio de ellos, se conmovió la tierra (por tus hechos
prodigiosos: paso del Mar Rojo, Ley del Sinaí, agua de la roca, maravilloso
triunfo de Israel sobre todos sus enemigos, caída de los muros de Jericó) y
llovieron los cielos (el Maná). Aleluya, aleluya. Levántese Dios y sean
disipados sus enemigos. Huyan ante su vista los que le odian” (Introito). Un retrato de la acción del
Espíritu santo en el Israel del Nuevo Testamento, que camina a través del
desierto de esta vida y se dirige hacia la tierra prometida del cielo.
2. Acción del Espíritu santo en la Iglesia. La profecía de Joel se
realizó en Pentecostés y se realiza todos los días en la vida de la Iglesia de
Cristo. “Y sucederá que en los últimos días (es decir, en los días del Nuevo
testamento), derramaré mi espíritu sobre toda carne. También derramaré en
aquellos días mi Espíritu sobre mis siervos y siervas, y profetizarán. Haré (en
los últimos días) prodigios arriba, en el cielo, y milagros abajo, en la
tierra. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que
aparezca el grande y luminoso día del Señor. Todo el que invocare entonces el
nombre del señor, se salvará” (Profecía
primera). En Pentecostés, Dios derramó su Espíritu sobre la Iglesia, y
sigue derramándolo constantemente a través de todos los siglos. Lo ha derramado
visiblemente en los milagros que jalonan toda la ruta de la Iglesia, desde sus
orígenes hasta hoy. De esta acción visible del Espíritu Santo en la Iglesia,
nos habla la segunda Profecía. Dice así: “En aquellos días los Apóstoles hacían
muchos prodigios y milagros entre el pueblo. Se reunían todos juntos en el
Pórtico de salomón. Nadie de los otros se atrevía ajuntarse con ellos, pero el
pueblo los apreciaba. El número de los hombres y mujeres que creían en el Señor
crecía por días. Colocaban en las plazas públicas los lechos de los enfermos
para que, al pasar Pedro por delante de ellos, los tocase al menos su sombra y
quedasen curados de sus enfermedades. Afluía también una gran muchedumbre de
los aledaños de Jerusalén, trayendo consigo sus enfermos y endemoniados. Y
todos eran curados” (Act. 5, 12-16).
No faltan nunca en la Iglesia los milagros. Ellos son la mejor prueba de la
presencia y de la acción constantes del Espíritu Santo en ella. Vemos en la
Iglesia, es cierto, flaquezas humanas, imperfecciones y escándalos, y lo
deploramos; pero, por encima de toda esta miseria humana, percibimos la
presencia y la visible actuación en ella del Espíritu Santo. A pesar de todas
estas faltas e imperfecciones humanas que la desdoran, podemos descansar muy
tranquilos sobre una Iglesia como ésta, en la que habita y obra el Espíritu
Santo.
La
acción invisible del Espíritu Santo está indicada en estas palabras del
Señor: “Nadie puede venir a mí si no le trae el Padre que me envió.” Lo
esencial es y será siempre la acción de la gracia del Espíritu Santo. El
Espíritu Santo es quien une al Padre con el Hijo. Él es también quien nos une a
nosotros con el Hijo y, por medio del Hijo, con el Padre. Necesitamos de su
actuación en nosotros. Tanto más nos acerquemos a Jesús, a sus misterios y a su
gracia, cuanto más nos dejemos invadir del Espíritu Santo. Él debe inspirar
todos nuestros buenos pensamientos, deseos y obras. Necesitamos de su impulso y
de su ayuda para todo acto de fe, de esperanza y de amor de Dios. Si fueran
nuestra virtudes y nuestras obras verdaderamente perfectas y dignas de Dios,
entonces necesitaríamos de un modo especial y continuo de la intervención del
Espíritu santo. Poseeremos ya todas las virtudes sobrenaturales y, sin embargo,
todavía no seremos más que unos inexpertos principiantes: sabremos lo que tenemos
que hacer, pero nos faltarán habilidad, destreza y facilidad para llevarlo a la
práctica. Debe intervenir el Maestro. Debe acompañarnos en nuestra oración, en
nuestro trabajo, en las decisiones que tomemos durante el día, en los dolores y
dificultades que encontremos. Debe iluminar nuestra inteligencia y mover
nuestra voluntad. Debe inocularnos su modo de ver, de pensar, de amar y de
obrar. Nuestra actividad será verdaderamente perfecta, solo cuando nos hay
invadido del todo el Espíritu Santo. Para conseguir esto, infunde en nuestra alma
las virtudes sobrenaturales de fe, esperanza, caridad, justicia, fortaleza y
prudencia, además de sus siet4e dones. Despliega en la navecilla de nuestra
alma las velas que Él mismo, Espíritu de Dios, infla. De este modo ya no
caminamos tan despacio y tan fatigosamente a lo largo del mar de esta vida. Somos
impelidos y conducidos por el Espíritu. Si el Espíritu de Dios agitare las
velas de la navecilla de nuestra alma, entonces haremos un feliz viaje. Iremos
al Padre bajo el impulso y la acción del Espíritu Santo que habita en nuestra
alma. Por el contrario, ¡ay de nosotros!, si solo quisiéramos obrar por cuenta
propia, si resistiéramos al impulso y ala acción del Espíritu Santo y no
quisiéramos apoyarnos más que en nuestra propia voluntad y en nuestro esfuerzo
personal. “Nadie va al Padre si el Padre no lo lleva.”
3. “Todo el que escucha al Padre y se
deja enseñar, viene a mí.” Nosotros hemos escuchado al Padre: creemos. Por la fe
hemos ido a Jesús. Pero somos llamados a ir a Jesús perfectamente, por encima
de todos nuestros hábitos, por encima de todas las maneras del hombre natural e
imperfecto Esto solo podremos conseguirlo con la fuerza del Espíritu Santo, por
el perfecto y total desarrollo de la gracia de la Confirmación y de los siete
dones del Espíritu Santo que hemos recibido. ¡Qué pocos son, realmente, los que
llegan a vivir la vida cristiana en toda su plenitud! ¡Cuántos bautizados, e
incluso sacerdotes y religiosos, se detienen antes de llegar al término! Se
quedan a la mitad del camino, son mediocres, imperfectos. Imperfectos en la
oración, en las obras, en el dolor, en todo. ¿Falta algo por parte de la acción
del Espíritu Santo? En verdad que no. “He aquí que estoy ante la puerta y
llamo” (Apoc. 3, 20). Pero nosotros
no prestamos atención a la proximidad, a la llamada, a los impulsos del
Espíritu Santo. ¡Vivimos en lo exterior, no en lo interior! ¡Por eso no puede
el Espíritu santo realizar perfectamente su obra en nosotros! ¡Ah, si
tuviéramos ojos para ver!
Si obrara fructuosamente en nosotros el
Espíritu Santo, entonces nos exigiría una gran pureza de corazón, una gran
sencillez y humildad de espíritu, un profundo amor a la intimidad, al
recogimiento, a la oración. Exigiría, en fin, de nosotros un ardiente amor a
Dios y al prójimo. En lugar de esto, nosotros no ponemos ningún cuidado en
evitar los pecados veniales, las infidelidades voluntarias, las pequeñas
libertades e imperfecciones. Descuidamos la mortificación interior y exterior y
no nos desasimos enteramente de las cosas, de la cuitas, del propio yo. Vivimos
absortos en las cosas, en los sucesos, en determinados hombres. Nos preocupamos
demasiado y sin fundamento de nuestra honra, de nuestro bienestar temporal, de
nuestro amor, de nuestra salud, de nuestro progreso interior, de nuestra vida
pasada, de nuestras confesiones. No somos libres, estamos llenos de nosotros
mismos. ¿Cómo podrá, pues, el Espíritu Santo obrar libremente en nosotros y
llevarnos al Padre?
“Ven, Espíritu santo; llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
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