LUNES DE LA SEXTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


LA COMUNIDAD DE AMOR.

1. El espíritu humano separa y aísla: es un espíritu egoísta y soberbio. El espíritu de Dios funde los corazones en una mutua y fraternal inteligencia y en un sincero cariño. Apenas acaba de descender el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre la joven Iglesia de Jerusalén, y ya leemos de ésta: “Eran todos un solo corazón y una sola alma. Todo lo poseían en común” (Act. Ap. 4, 32). En común “se juntaban todos los días en el templo, para alabar a Dios” (Act. Ap. 2, 42). Donde está el espíritu de Dios, donde el espíritu de Cristo rige los corazones, allí reina el santo, el generoso, el desinteresado, el mutuo y fraternal amor. Por eso, la Iglesia, que vive del espíritu de Cristo, es esencial y necesariamente un “Testamento de amor” (San Ignacio de Antioquía), de fraternidad: es la comunidad del amor.

2. El verdadero modelo de la comunidad de amor es la santísima Trinidad. “Para que todos ellos sean una misma cosa, como lo somos nosotros.” El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una pluralidad (trinidad) de Personas, de relaciones subsistentes en una sola e idéntica naturaleza, con unidad de pensamiento, de voluntad, de amor, de acción, de poder, de sabiduría, de felicidad, de gloria y de eternidad. También ellos, los hijos de la Iglesia, tienen que ser una misma cosa, “como tú, Padre estás en mí y yo en ti”. “Les he comunicado la misma gloria que tú me diste a mí, para que también ellos sean unos, como lo somos nosotros.” Cristo nos ha comunicado, en la gracia santificante, su misma gloria, es decir, la filiación divina. En la gracia santificante poseemos la misma vida de la santísima Trinidad. Esta vida se manifiesta y actúa en nosotros bajo la forma de gracia santificante, en nosotros bajo la forma de gracia santificante. Por ella nos convertimos también nosotros en una misma naturaleza, en un solo cuerpo (Rom, 12, 5), del mismo modo que las tres divinas Personas son un solo Dios, una sola e idéntica comunidad de ser y de vida. Por eso, la gracia santificante, la filiación divina es esencialmente conciliadora, creadora, inspiradora de comunidad de vida, es totalitaria, está siempre uniendo, unificando espíritus y corazones. Empuja a la comunidad de vida: crea la convicción, inspira el ardiente anhelo, la decidida voluntad de vivir para todos y con todos. Destruye todo espíritu de egoísmo, de individualismo, todo deseo de bastarse a sí solo. Anula todo conato de sacrificar, de orar, de dar gracias y de alabar a Dios aisladamente, independientemente. Ahuyenta todo deseo de trabajar sólo y únicamente en la salvación y santificación propia. La principal aspiración de la gracia tiende a que “todos seamos unos”, una misma cosa, una comunidad de todo, como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Nuestra convicción, nuestro sentido, nuestra intensidad de vida común marcará la tónica de nuestro desarrollo en la vida de la gracia, de la filiación divina. Será el mejor criterio para apreciar el florecimiento del Espíritu Santo, del espíritu de Cristo en nuestras almas. Cuanto más sintamos el impulso, la necesidad interior e irresistible de identificarnos en todo con los pensamientos, con las aspiraciones, con los ideales, con los sentimientos y con la vida de la colectividad, de la Iglesia, de la diócesis, de la parroquia, de la familia o de la comunidad religiosa a que pertenezcamos; cuanto más sinceramente renunciemos a todo individualismo, a todo personalismo: más se apoderará de nosotros el Espíritu Santo, más florecerá en nuestra alma el espíritu de Cristo, la gracia santificante. Y además, cuanto más nos invada la gracia, cuanto más pujante sea nuestra vida divina, más creceremos en Cristo, en la comunidad del Cuerpo de Cristo, en la comunidad de la Iglesia y, por lo tanto, nuestra participación, nuestra asimilación de la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo será mucho más intensa, mucho más fecunda. Seamos una copia mucho más fiel, una reproducción mucho más palpitante de la santísima Trinidad.
El camino para la comunidad de amor, es triple. Primero: el de una ascética austera, constante y consecuente. Es la que nos predica la Epístola de esta semana: “Sed compasivos, amantes de los hermanos, misericordiosos, modestos, humildes. No devolváis mal por mal. Al contrario, bendecíos mutuamente.” Reflexionemos sobre cada una de estas palabras. ¡Y examinémonos después! El segundo camino nos lo señala la Oración, y consiste en pedir a Dios el espíritu de la comunidad de amor. Este espíritu, como la misma gracia, es un don de Dios. La naturaleza caída es orgullo, egoísmo, propia estimación, autonomía. El sentimiento y el deseo de la comunidad de amor provienen de Dios, de esa profunda comunidad de vida y de amor que es la santísima Trinidad. Por eso, suplica la Iglesia: “Infunde en nuestros corazones los sentimientos de tu amor, para que te amemos a Ti en todo y sobre todo.” Pero el verdadero amor de Dios y de Cristo es, al mismo tiempo y necesariamente, verdadero amor al prójimo, a la comunidad, al ser un solo corazón y una sola alma. El tercer camino para la comunidad de amor, pasa por el sacrificio eucarístico y por la sagrada Comunión. Si celebramos realmente con Cristo su sacrificio, si nos hacemos una misma cosa con Él, mediante la recepción de su cuerpo sacrifical en la sagrada Comunión, entonces no podremos por menos de incorporarnos, de identificarnos con la comunidad de la Iglesia y de crecer en ella. El santo sacrificio no es más que el sacrificio del todo, de la Iglesia, de la comunidad cristiana, del Cuerpo Místico de Cristo con todos sus miembros. El banquete eucarístico es “communio –comunidad”, es el “ut omnes unum sint –que todos sean una misma cosa” en el único e idéntico Pan que todos comen. Cuanto más sincera y perfectamente nos ofrezcamos nosotros mismos como sacrificio, en el Ofertorio de la santa Misa, y cuanto más inmolemos entonces nuestro yo, nuestro orgullo, nuestro egoísmo, tanto más puro será nuestro sacrificio y el sacrificio de la Iglesia, tanto más íntima y profunda será nuestra incorporación con Cristo, con la vid, con la comunidad de la Iglesia, con la familia, con la comunidad religiosa.

3. “¡Estad todos unánimes!” He aquí el gran anhelo de la santa Iglesia durante estas semanas del tiempo después de Pentecostés. ¡Qué prodigiosa se mostró, en las primeras Comunidades cristianas, la eficacia de la venida del Espíritu Santo! “Eran todos un solo corazón y una sola alma.” ¡Cuánto debiera palparse también hoy, en la Iglesia, en la familia cristiana, en las comunidades, asociaciones y casas religiosas, la anual venida del Espíritu Santo, en la fiesta de Pentecostés! ¡Qué poco puede decirse de los bautizados de hoy: “Eran todos un solo corazón y una sola alma”! ¡Qué poco puede repetirse esto mismo incluso de aquellos que se dan a la vida de piedad y de oración, que acumulan ejercicios sobre ejercicios, que toman parte todos los días en el santo sacrificio y saborean el manjar eucarístico! “Los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, longanimidad, benignidad, modestia, continencia, castidad” (Gal. 5, 2). ¿Hay en nosotros, en mí, estos frutos? ¿Dónde está el fruto de Pentecostés?
Pidamos todos para todos el espíritu de la comunidad de amor. “Oye, Señor, la súplica con que clamo a Ti: sé mi ayudador, no me abandones ni me desprecies, oh Dios, Salvador mío” (Introito). “Míranos, oh Dios, protector nuestro: contempla a tus siervos” (Gradual). Aniquila en nosotros al gran enemigo de la íntima unión entre todos los miembros de tu cuerpo: el orgullo, el amor propio. Danos el nuevo espíritu, el espíritu de renuncia a sí propio, de abnegación, de humildad, de perfecta sumisión y entrega a Ti, en la comunidad de tu cuerpo, de la santa Iglesia, de la familia cristiana.

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