MARTES DE LA SEXTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
INCORPORACIÓN
CON CRISTO.
1. Al presentar, en espíritu, nuestra
ofrenda ante el altar, en el Ofertorio de la santa Misa, la Iglesia pone hoy en
nuestros labios estas palabras: Siempre tengo ante mis ojos al Señor. Él está a
mi derecha, para que yo no sea quebrantado.”
2. “Siempre tengo ante mis ojos al
Señor.” Ésta es la actitud constante de la santa Iglesia, en medio de los
muchos dolores y sufrimientos que encuentra en su largo camino a través de las
generaciones, de los tiempos y de las civilizaciones. ¡Qué oprimida, qué
despreciada, qué odiada ha sido y es nuestra Madre! ¡Hasta sus propios hijos la
traicionan, la desamparan y la desautorizan con muchísima frecuencia! Todo esto
le duele profundamente. Sin embargo, en medio de tanto dolor, siempre permanece
serena y no se desalienta. “Siempre tengo al Señor ante mis ojos.” Le ve bajo
todos sus trabajos y sufrimientos, en medio de sus luchas, de sus derrotas
aparentes, de sus fracasos y de sus triunfos. Él le “ha dado entendimiento”. Es
decir: le hace comprender que Él mismo es quien todo lo obra en todo; que todo
está en su mano; que a Él “se le ha dado todo poder sobre el cielo y la tierra”
(Matth. 28, 18); que es Él mismo quien lo permite, lo ordena y dirige
todo para bien y aumento de su Iglesia. Y ella cree ciegamente en su sabiduría
y en su poder. Confía plenamente en su amor hacia ella y hacia todas y cada una
de las almas. Sabe que Él entregó su propia vida por su Iglesia y por todas las
almas. Sabe que trabajó, oró y se fatigó, durante treinta y tres años, por ella
y por las almas. Sabe que, por ella y por las almas, vuelve a ofrecer cada día
de nuevo al Padre, sobre los innumerables altares de la tierra, el santo
sacrificio de la Misa, es decir, el sacrificio de su Cuerpo, de su Sangre y de
su Corazón. Sabe, en fin, que está constantemente, en el sagrario, con sus
puras manos elevadas al cielo, orando, intercediendo, satisfaciendo y
representándola a ella y a las almas ante el Padre. “Siempre tengo al Señor
ante mis ojos”: en los misterios de su encarnación, de su pasión y muerte, de
su vida ante el Padre, donde “siempre está vivo, para interceder por nosotros” (Hebr.
7, 25); en los misterios del sacrificio eucarístico, de su constante
permanencia en el sagrario y de su acción en las almas por medio del
sacerdocio, de la incesante oración de la Iglesia, de los santos sacramentos y
de toda clase de iluminaciones e impulsos sobrenaturales.
“El está a mi derecha, para que yo no
sea quebrantado.” Por
eso canta jubilosamente la Iglesia. Está íntimamente convencida de que el
Señor, de que Cristo mora y vive en ella, como en su Cuerpo Místico, animándola
y saturándola de su misma vida. Confía plenamente en que “las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella” (Matth. 28, 20). “Bendeciré al
Señor, porque me ha dado entendimiento” (Ofertorio). Es decir, le ha
hecho comprender, por medio de una viva fe, el misterio de su animación y
vivificación por Cristo. Esta comprensión, este convencimiento es quien le da
esa calma inalterable y esa inquebrantable confianza que la sostiene en medio de
todas sus luchas y contratiempos. “Él está a mi derecha, para que yo no sea
quebrantado.” Así canta también el alma que se halla unida a la Iglesia.
“Bendeciré al Señor, porque me ha dado entendimiento.” Es decir, le ha hecho
comprender el misterio de su viva incorporación con Cristo. “Yo soy la vid,
vosotros sois los sarmientos” (Joh. 15, 5). Cristo no es para nosotros
solamente la verdad, en la cual creemos plenamente. No es solo el camino, el
ejemplar y el modelo que tratamos de imitar. Es, además, la vida. Es, ante todo
y sobre todo, nuestra vida. Nosotros podemos y debemos poseer y compartir con
Jesús la misma vida que a Él le anima. Él está en nosotros, sus miembros,
sus sarmientos, como cabeza, como vid nuestra. Nos anima, nos alimenta y robustece
con su misma fuerza. Esta fuerza de Cristo es la que nos hace vencer al mal y
la que nos alcanza las virtudes sobrenaturales. Él mismo Cristo es quien vive a
través de nosotros, sus miembros. Él es, en fin, quien ora, lucha, trabaja y
sufre en nosotros y por nosotros. “Vivo yo, mas ya no soy yo quien vivo, sino
que Cristo vive en mí” (Gal. 2, 20). “Bendeciré al Señor, porque me ha
dado entendimiento: Él está a mi derecha, para que yo no sea quebrantado” (Ofertorio).
3. “Siempre tengo al Señor ante mis
ojos.” No lo tengo solo como ejemplar y modelo. Ni solamente como Maestra de la
verdad, como Señor que me ordena y me manda, como Omnisciente, ante cuyo
tribunal habré de responder un día. Lo tengo también, y sobre todo, como Señor
que me ama; que me protege y me guía; que obra, lucha y vence en mí con su
fuerza. ¿Cómo, pues, podré temer aún en las dificultades de cada día? ¿Cómo
podré descorazonarme ante mi propia debilidad, ante el poder de la tentación,
de las pasiones y de los malos hábitos? ¡Ojalá miráramos más de veras al Señor
que habita en nosotros! ¡Ojalá confiáramos más ciegamente en la divina fuerza
con que Él obra en nuestra alma! Si lo hiciéramos así, nuestra vida espiritual
sería entonces mucho más alegre, mucho más gozosa, mucho más fuerte, sana, generosa
y fecunda que la que ahora poseemos.
“Siempre tengo al Señor ante mis
ojos”, para servirle, para consagrarle mi vida y todas mis obras, para abrazar
y cumplir en todo su santa voluntad.
Siempre tengo al Señor ante mis ojos”,
para ir a Él por todo lo que me suceda durante el día, para pensar siempre en
Él, para darle gracias; para manifestarle mi pobreza, para suplicarle su ayuda
y su sostén. Una sencilla mirada dirigida a Él, una jaculatoria cualquiera, un
simple acto de agradecimiento, de amor, de entrega a Él, de confianza en Él, de
arrepentimiento, de expiación etc., bastará para revelarle todo cuanto agite y
conmueva mi alma. “ÉL está a mi derecha, para que yo no sea quebrantado.”
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