SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
AMOR
DE DIOS Y DEL PRÓJIMO
1. La liturgia junta hoy el amor de
Dios con el del prójimo. La Colecta pide a Dios su santo amor, para poder
amarle a Él en todo y sobre todo. La Epístola y el Evangelio nos predican el
amor al prójimo. No separemos tampoco nosotros entre sí estos dos amores.
2. “Si alguien dijere: Amo a
Dios, y sin embargo, odia a su hermano, ese tal es un mentiroso. Porque el que
no ama a su hermano, a quien ve: ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?” (1Joh.
4, 20) ¿Por qué? Porque el amor a Dios y al prójimo es un mismo y único
amor. Amemos al hermano por amor de Dios y de Cristo, es decir, con el mismo
amor con que amamos a Dios y a Cristo. No nos fijemos en el puro hombre. Veamos
en él a Dios, a Cristo. Veamos y amemos en él al hijo de Dios, en el cual tiene
sus complacencias el Padre. Veamos en él su alma, rescatada con la sangre del
Redentor, por la cual se hizo hombre el Hijo de Dios, por la cual subió a la
cruz, por la cual fundó la santa Iglesia y estableció los santos sacramentos.
Veamos en nuestro prójimo al miembro de Cristo, de nuestra común Cabeza. Lo que
hagamos al miembro, se lo hacemos a la misma Cabeza, a Nuestro Señor
Jesucristo. “Lo que hicisteis con el más pequeño de los míos, conmigo mismo lo
hicisteis. Lo que no hicisteis con el más pequeño de los míos, tampoco lo
hicisteis conmigo” (Matth. 40-45). El amor cristiano al prójimo se
identifica en absoluto con el amor a Dios y a nuestro Salvador. ¡Tan grande es
su dignidad! De esta identidad entre ambos amores nos habla la liturgia del
quinto domingo después de Pentecostés. Por consiguiente, cuanto más ancho y
profundo sea nuestro amor al prójimo, más perfecto será nuestro amor a Dios y
al Salvador. “El que no ame a su hermano, no podrá amar a Dios.”
“He aquí mi mandamiento: que os améis
los unos a los otros, como yo os he amado” (Joh. 15,12). ¡Qué fiel, que
sincera, qué hondamente nos amó Jesús! Así debemos amar también nosotros a
nuestros hermanos y hermanas en Cristo, tanto en lo que se refiere a sus cosas
temporales como, y sobre todo, en lo referente a la salud de sus almas y a su
felicidad eterna. ¿Quién podrá cumplir perfectamente este mandamiento del
Señor? Sólo el que venza su amor propio. Éste es el gran enemigo del amor al
prójimo. Él es quien todo lo reduce al propio yo, quien nos encierra dentro de
nosotros mismos y nos hace ver en el prójimo a un ser extraño, a un ser con el
cual no tenemos nada que ver. Él es quien despierta en nosotros el egoísmo, la
celotipia, el orgullo, la envidia, la antipatía y el odio. Él es quien hace
imposible la existencia del perfecto amor al prójimo. El amor propio nos hace
cometer mil faltas contra la caridad, pues crea en nosotros un carácter
egoísta, apático, insensible, frío, antipático, injusto, parcial, amargado,
insufrible. Si queremos, pues, cumplir con el precepto del amor al prójimo, es
preciso que antes muramos al amor propio. Ahora bien: para morir al amor
propio, nada mejor que dejarse invadir por el amor de Dios, y de Cristo. Cuanto
más llenos estemos del amor divino, más muertos estaremos al amor propio. El
amor de Dios y el amor propio son como los dos platillos de la balanza: para
que suba el uno, es menester que baje el otro. El amor propio decrece en la
misma medida en que crece en el alma el amor de Dios. Según esto, el amor al
prójimo solo podrá practicarse debidamente cuando el alma se halle saturada del
amor divino. Cuanto más perfecto sea nuestro amor a Dios, más perfecto será
también nuestro amor al prójimo. ¡Tan íntima es la unión y compenetración entre
estos dos amores! El amor del prójimo solo puede existir con y en virtud del
amor de Dios.
3. “Infunde en nuestros corazones el
sentimiento de tu amor, para que te amemos a Ti en todo y sobre todo.” Solo así
podremos amar también al prójimo. Solo así podremos “estar unánimes en la
oración y ser compasivos, amantes de los hermanos, misericordiosos, modestos,
humildes.” Solo así podremos practicar lo que nos predica hoy el Apóstol con
estas palabras: “No devolváis mal por mal, ni maldición por maldición. Al
contrario, bendecíos mutuamente, pues todos habéis sido llamados a recibir la
misma bendición. Refrenad vuestra lengua para toda maledicencia y no manchéis
vuestros labios con la mentira” (Epístola).
“Si vuestra justicia no fuere más
perfecta que la de los Escribas y Fariseos, no entraréis en el reino de los
cielos” (Evangelio). ¿En qué se manifestará la superioridad de la
justicia y de la perfección cristianas sobre la justicia de los Escribas y
Fariseos? En nuestro amor al prójimo. “Se dice a los antiguos: No matarás; el
que mate, será reo de juicio. Mas yo os digo: El que se encolerice contra su
hermano, es reo de juicio.” ¡Cuánto más el que le llame libertino o descreído! (Evangelio)
“Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he
amado” (Joh. 13,14).
La mejor medida para apreciar nuestro
amor a Dios y al Salvador y, por ende, el desarrollo y la perfección de nuestra
vida interior, de nuestra oración y de nuestra piedad, es nuestro amor al
prójimo. “Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, que poseemos
la gracia santificante, porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece
en la muerte (del pecado, del apartamiento de Dios)” (1 Joh. 3, 14).
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