VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


BIENAVENTURADOS LOS PACÍFICOS

1. “Si al ir a ofrecer tu sacrificio ante el altar, recuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda allí, al pie del altar, vete y reconcíliate antes con tu hermano; y vuelve después al altar y ofrece allí tu sacrificio.”
2. “¡Bienaventurados los pacíficos!” (Matth. 5,9) Nuestro Señor y Redentor no conoce el “ojo por ojo y diente por diente”. Él vino a este mundo como “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 6). “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Luc. 2, 14), cantan los ángeles en la noche de Navidad. “Paz a vosotros”, saluda el Señor a los suyos. “Mi paz os doy” (Joh. 14, 27), dice Él al abandonar este mundo. “Paz” deben llevar los Apóstoles a las casas donde penetren y sean recibidos (Matth. 10,12). Paz debe ser el precioso fruto del Evangelio (Eph. 6, 15). “La paz de Dios, que supera todo sentido” (Phil. 4, 7), es el final de toda tarea apostólica. El mismo Cristo es la Paz encarnada, personificada. Su alma es inaccesible a toda conmoción y tempestad. Siempre reina en ella la fuerte y profunda paz que da la seguridad en Dios. Aunque digan de Él todo lo malo que pueda decirse, aunque le molesten, le injurien, le azoten, le coronen de espinas, le sacien de oprobios, befas e insultos, y aunque le crucifiquen, nunca podrán lograr que se irrite o se descomponga en lo más mínimo. Su vida fue un perenne “Pax vobis –Paz a vosotros”. Ante Él se calma todo sentimiento de irritación. Ante Él se amansan instantáneamente los poseídos por el espíritu maligno. Ante Él muere la furia del mar desencadenado. Ante Él se secan las lágrimas. Ante Él se desarma la misma justa ira divina, pronta a descargar sobre nosotros, los pecadores. Su alma y su saludo, llenos de paz, son las únicas armas con que Él vence a sus enemigos y defiende a sus secuaces. ¡Cuánta injusticia se cometió con Él! ¡Cuánto mal se le hizo! ¡Cuánta razón tenía para encolerizarse, para desear se le hiciese justicia, para pedir al Padre le enviase una legión de ángeles vengadores que aniquilasen a sus enemigos! Pero, en lugar de todo esto, no hace sino echar un velo misericordioso sobre toda la malicia y ceguera de los hombre, para sellarlo después con el sello de la paz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23, 34). Realmente: “¡Bienaventurados los pacíficos!”
“Si al ir a ofrecer tu sacrificio ante el altar.” Nosotros nos acercamos todos los días al santo altar. Depositamos sobre él nuestra ofrenda de pan y vino y, con ella, nos colocamos también nosotros mismos, dispuestos a entregar todo lo nuestro, para vivir solo para Dios. Nos preocupamos seriamente de Dios. Por eso, esperamos que su rostro compasivo y clemente brille, propicio, sobre nosotros, como resplandeció un día sobre el sacrificio de Abel. “Dios ama al que da generosa, alegremente” (2Cor. 9, 7). Pero, allá en el fondo de nuestra alma, existe todavía una pequeña sombra -una irritación cualquiera, una desavenencia, una riña, una enemistad con el hermano-, que empaña nuestra claridad. Y, todo eso, por una nonada. Las más de las veces somos nosotros mismos quienes tienen la culpa de ello. Ni uno ni otro ha pronunciado todavía la primera palabra de reconciliación. El mundo es bastante ancho, para poder evitar todo encuentro, para poder encontrar cada cual su camino, e incluso su Dios, sin necesidad del hermano ofendido. La vida es ya de suyo algo tan grande, que una amistad menos o una enemistad más no tiene importancia en ella. Por eso, nos acercamos al altar sin ningún remordimiento y nos atrevemos a suplicar a Dios su bendición sobre nosotros. Pero se nos recibe de un modo inesperado. “¡Deja ahí tus dones! Vete y reconcíliate primero con tu hermano.” “¡Bienaventurado los pacíficos!” Sólo ellos reciben la bendición del santo sacrificio. Nadie puede ofrecer el sacrificio de la santa Misa y lograr sus gracias para sí solo, aisladamente, sin comunicación con sus hermanos. La santa Misa es por su misma esencia, el sacrificio del todo, del cuerpo místico de Cristo, íntimamente compenetrado en el más santo y mutuo amor: es el sacrificio de toda la Comunidad cristiana, de la santa Iglesia de Cristo. Al celebrar este sacrificio, no decimos: yo te suplico, yo te ofrezco, sino: nosotros te suplicamos, te ofrecemos. “Recibe, Señor, esta oblación que te ofrecemos nosotros, tus servidores (los sacerdotes), y toda tu santa familia.” “Te ofrecemos estos dones por todos los presentes y por la santa Iglesia católica, esparcida sobre todo el orbe de la tierra.” ¿Cómo queremos, pues, tomar parte en el santo sacrificio, mientras permanecemos todavía enemistados, por culpa nuestra, con un miembro de la comunidad? Mientras continuemos obstinados en nuestra culpable enemistad con un hermano en Cristo, es inútil que queramos ofrecerle a Dios los trabajos, las penalidades y los dolores del día, como un sacrificio de adoración, de acatamiento, de amor y de expiación, porque siempre oiremos esta negativa: “Quita allá con tus dones: no los quiero.” Es inútil que nos acerquemos al sagrario, para ofrecerle a Cristo nuestro corazón, porque Él nos dirá: “Aparta de mí tu ofrenda: no me gusta.” “Vete y reconcíliate antes con tu hermano”. El que esté enemistado con otro no puede acercarse al altar.

3. ¡Qué pocos son los que obedecen esta orden del Señor: “Si, al acercarte al altar, para ofrecer tu sacrificio, te recuerdas de que un hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí tu ofrenda y reconcíliate antes con tu hermano!” ¡Hasta en los mismos que celebran y toman parte todos los días en el santo sacrificio reinan con mucha frecuencia la cólera, la irritación, la nerviosidad, la discordia, la enemistad! ¡Cuánto domina todavía, incluso entre las mismas personas piadosas y consagradas a Dios, el “ojo por ojo y diente por diente” del Antiguo Testamento! ¿Cuándo comenzaremos a practicar perfectamente el precepto del Señor acerca de la caridad fraterna? ¿Le obligaremos a que nos diga, cada vez que nos presentemos para el santo sacrificio: o te reconciliar con tu hermano o, si no, deja tu sacrificio y tu comunión? ¡Todo depende del amor al prójimo!
“Si vuestra (la de los cristianos) justicia (piedad) no fuere más perfecta que la de los Escribas y Fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Evangelio). ¿En qué se conocerá nuestra justicia, nuestra piedad? En nuestro amor, afectivo y efectivo, hacia el prójimo. El amor, la caridad fraterna es quien nos abre las puertas del altar, quien nos incorpora a la comunidad de sacrificio con Cristo, y con su Iglesia, quien nos acerca al banquete de la sagrada Comunión.
“Bendeciré al Señor, porque me ha dado entendimiento.”

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