SÁBADO DE LAS CUATRO TEMPORAS DE SEPTIEMBRE
PENITENCIA
Y SALUD
1. La liturgia junta hoy, en las
lecturas de la Vigilia nocturna, las dos grandes fiestas judaicas: la de la reconciliación
(Primera Profecía) y la de los Tabernáculos (Segunda Profecía). La fiesta de
los Tabernáculos era celebrada por los judíos durante siete días seguidos. Era
una fiesta de acción de gracias por el caudillaje ejercido por Dios con su
pueblo durante los cuarenta años que duró su peregrinación a través del
desierto. Esta fiesta concluía con la segunda, o sea, con el gran día de la
reconciliación. Por eso, este Sábado de las Témporas de Septiembre es, a la
vez, un día de penitencia y un día de acción de gracias. “En el séptimo mes (es
decir, Septiembre) celebraréis fiestas” (Comunión).
2. “”Cristo,
el Supremo Pontífice de los bienes futuros.” El día de la reconciliación, celebrado en el Antiguo
Testamento, no era más que una sombra, una imagen. El Sumo Sacerdote penetraba,
por el santuario, en el Sancta Sanctórum,
en donde estaba el Tabernáculo de la Alianza, y rociaba el Arca del Testamento
con la sangre de los animales sacrificados. Pero, con todo ello, no podía
alcanzar el perdón de los pecados. Cosa muy distinta sucede con Cristo, con
nuestro Pontífice Supremo. Con el sacrificio de su muerte de su cruz nos
mereció la herencia futura, y el día de su Ascensión penetró, por el santuario
de los cielos, en el Sancta Sanctorum celestial.
Pero no penetró en él con sangre extraña, sino revestido de su propia Sangre,
la cual derramó por nosotros, purificándonos con ella de nuestros pecados y
reconciliándonos con Dios (Epístola). Aunque la fiesta judaica de la
reconciliación no era más que una sombra, una débil imagen de lo que se nos
había de dar a nosotros en el Nuevo Testamento, no obstante se le inculcaba al
pueblo de Israel: “En el décimo día del séptimo mes (Septiembre) celebraréis con
toda solemnidad la fiesta de la expiación. Será un día santo. En él haréis
penitencia y ofreceréis holocaustos a Dios, pues es un día de propiciación,
para que el Señor, vuestro Dios, se reconcilie con vosotros. Todo el que no se
mortificare en este día, sea raído de su pueblo” (Primera Profecía). ¿Cuánto
más santo no deberá ser, pues, nuestro Sábado de Témporas? En efecto, hoy debe
ser un día de penitencia, de oración, de mortificación, de ayuno, de expiación,
de reparación. “Señor, perdónanos nuestros pecados. Ayúdanos, Señor, Salvador
nuestro y, líbranos por el honor de tu Nombre” (Primer Gradual). ¡Libértanos de
las cadenas del pecado!
Un
labrador plantó una higuera en su viña. Habiendo ido varios años a recoger su fruto, no
encontró nada. Entonces dijo al que cuidaba de la viña: “Corta esta higuera,
porque está ocupando lugar inútilmente.” El viñador le suplicó: “Espera todavía
este año, pues voy a cuidarla con gran esmero: puede ser que aun dé fruto.”
Mientras el Señor exponía esta parábola en una sinagoga, entró una mujer,
enferma desde hacía muchos años y tan encorvada, que no podía enderezarse. Al
verla Jesús, le dijo: “¿Quieres sanar?” Y le tocó con sus manos. Entonces ella
se enderezó y comenzó a glorificar a Dios (Evangelio). Día de reconciliación,
día de perdón, de gracia, de ayuda por medio del Señor, el cual viene a
nosotros en la santa Misa. La higuera estéril, la mujer encorvada, que no puede
enderezarse, somos nosotros mismos. “Hace ya varios años que espero su fruto, y
nunca llega. Córtala, pues: ¿para qué ha de ocupar lugar inútilmente?” Se
acerca el término del año eclesiástico. Ya se prepara el Señor para su vuelta.
Volverá a nosotros el día de nuestra muerte. Volverá a nosotros al fin del
mundo, para juzgarnos a todos. Y, sin embargo, ¡nosotros seguimos siempre sin
producir los frutos que Él tiene derecho a esperar de nuestra vida! No se puede
achacar la culpa de nuestra esterilidad al terreno, pues estamos plantados en
uno magnífico: en la viña del Señor, en el campo de la santa Iglesia. Tampoco
se puede atribuir excitaciones, de consejos y de gracias. Por eso, el Señor nos
visita con frecuencia. Quiere recoger nuestros frutos. Pero nosotros no
aprovechamos bien, no aprovechamos casi nada, o nada en absoluto, las gracias
que Él nos da. Por eso, permanecemos siempre estér8iles, somos una higuera
inútil. ¿No tenemos, pues, motivo más que suficiente para hacer penitencia y
para expiar nuestras culpas? Somos la mujer encorvada del Evangelio. Estamos
sumergidos totalmente en lo terreno y temporal, somos incapaces de
enderezarnos, de mirar hacia arriba. Y todo esto, a pesar de nuestro santo
Bautismo, a pesar de nuestra vocación a la filiación divina, a pesar de nuestra
oración, de nuestra meditación y de nuestra lectura espiritual cotidianas, a
pesar de nuestra clausura y de nuestro hábito religioso. “Si habéis resucitado
con Cristo” –y nosotros r4esucitamos el día de nuestro santo Bautismo-, “buscad
las cosas de arriba, saboread las cosas de arriba, no las de la tierra” (Col.
3, 1 sg.). ¡Y nosotros somos la mujer encorvada! ¿Qué nos resta, sino hacer
penitencia y acercarnos a Jesús? Hoy es un día de gracia. El Señor viene a
nosotros en la santa Misa. Tiene compasión de nuestra miseria. Suplica al amo
de la viña, al Padre celestial: “Espera todavía este año, pues voy a cuidarla
con gran solicitud, y puede ser que aun dé fruto.” En el santo sacrificio se
presenta el Señor ante el Padre con esta súplica en los labios. Pero no se
contenta solo con esto. Lleno de compasión, se acerca a la enferma, a nosotros,
y le dice: “¿Quieres sanar de tu enfermedad?” Y nosotros respondemos que sí.
Entonces Él nos toca con sus manos –en el sacramento de la Penitencia y en la
sagrada Comunión –y nos endereza, nos cura. Nos comunica su mismo espíritu y
nos da fuerzas para renunciar a las cosas terrenas, para romper las cadenas del
pecado y para vivir solamente para Dios. Nosotros, agradecidos, démosle gracias
por el beneficio concedido y “glorifiquemos” a Dios.
3. “En el séptimo mes celebraréis
fiestas, porque yo, el Señor, vuestro Dios hice habitar en tiendas a los hijos
de Israel, cuando les saqué del país de Egipto” (Comunión). El día de hoy es
para la sagrada liturgia una preparación para la gloria en la tienda del cielo,
cuando Dios, tras los seis meses de peregrinación a través del desierto de la
presente vida, nos introduzca, con la virtud de la santa Eucaristía, en el
sabático reposo de la vida eterna. Entonces, “glorificaremos a Dios” y
celebraremos eternamente la fiesta de acción de gracias. ¡Y todo ello, por obra
de nuestro Supremos Pontífice Cristo!
“¿Qué
Dios es semejante a Ti, que borras las culpas y perdonas los pecados? No
prolongará ya más su furor, porque se complace en la misericordia. Volverá a
compadecerse de nosotros, destruirá nuestras iniquidades y arrojará en lo
profundo del mar todos nuestros pecados” (Tercera Profecía)
“He aquí
los mandamientos que habréis de practica5r: Hable cada cual verdad con su
prójimo; nadie piense mal contra su hermano. Amad la verdad y la paz” (Cuarta
Profecía).
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