VIERNES DE LAS CUATRO TÉMPORAS DE SEPTIEMBRE
¡HACED
PENITENCIA!
1. El Jueves Santo fuimos absueltos de
nuestros pecados, fuimos reconciliados con Dios y se nos admitió de nuevo en el
seno de la comunidad eclesiástica. Estos actos tuvieron lugar en la iglesia de
los doce Apóstoles. Hoy volvemos a reunirnos en ella, para expiar los pecados,
las negligencias y las infidelidades cometidas durante los tres últimos meses y
para alcanzar su perdón. Vamos con la Magdalena, con la pecadora y con la
penitencia, para escuchar de la boca del Señor estas consoladoras palabras:
“Vete en paz, tu fe te ha salvado” (Evangelio). “Alégrese el corazón que busca
al Señor. Buscad al Señor y, de este modo, os fortaleceréis” (Introito).
2. “Israel:
conviértete al Señor, tu
Dios, porque has caído por tu propia
culpa. Convertíos al Señor y decidle, con palabras de arrepentimiento: Borra
todas nuestras culpas y muéstrate benigno. Después, te ofrecemos sacrificios y
ya no llamaremos más dioses nuestros a una obra de nuestras manos, a un ídolo”
(Epístola). Un llamamiento que nos dirige la gracia, para que hagamos sincera
penitencia y nos convirtamos al Señor. Nuestro modelo debe ser la Magdalena.
Veamos lo que hace ella. Se presenta al Señor. Se arroja a sus pies, se los
baña con lágrimas de contrición, se los besa y se los unge con el precioso
ungüento que ha llevado consigo. Se acerca al Señor con un corazón contrito y
lleno de confusión, pero plenamente dispuesta a acusarse a sí misma y a
humillarse. Se presenta con firme propósito de convertirse. A este
arrepentimiento y a este amor, inspirados misericordiosamente a la pecadora por
el mismo Señor, responde Jesús con el perdón. “’Se le perdonan muchos pecados,
porque ha amado mucho. En cambio, al que se le perdona poco, poco ama también.’
Después, volviéndose hacia ella, le dijo: ‘Tus pecados quedan perdonados’”
(Evangelio). La pecadora somos nosotros mismos. Seamos también la penitente.
Vayamos al Señor, presentémonos a Él, en el santo sacrificio, cuando Él mismo
en persona aparezca en medio de nosotros. Confesémosle nuestros pecados y
nuestras ofensas contra Dios. Acusémonos de todo ello ante sus representantes,
ante el confesor, para que también nosotros podamos escuchar de sus labios las
consoladoras palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados. Vete en paz.” Solo
podremos alcanzar el perdón en la medida de nuestra penitencia y de nuestro
amor. “Al que se le perdona poco, poco ama también.” Y viceversa. Al que ama
poco, poco se le puede perdonar.
Frutos
de la penitencia. “De
este modo, yo curaré sus heridas y les volveré a amar espontáneamente, porque
mi furor se habrá alejado de ellos. Seré para ellos como el rocío. Israel
germinará como el lirio y echará raíces como los cedros del Líbano. Extenderá
sus ramos y su copa será como la de un olivo. Vivirán de trigo (Eucaristía) y
germinarán como la vid.” ¡Con qué cariño, con qué amor tan tierno recibe el
Señor al alma arrepentida, penitente! Lo mismo, exactamente, que recibió Jesús a
la pecadora Magdalena. Simón el Fariseo asistió a la escena y vio como la
pecadora se arrojó a los pies del Salvador. Entonces pensó para sus adentros:
“Si este hombre fuera un verdadero profeta, si fuera el Mesías, sabría qué
clase de mujer le está tocando, pues es una pecadora.” Pero el Señor ha venido
para buscar y para salvar a los pecadores. Por eso, no tiene para la Magdalena
ni una palabra de reproche. No exige que se le pida antes permiso, para poder
presentarse ante Él. Es Él mismo quien, con la fuerza de su gracia y de su celo
redentor, se atrae a la pecadora y le perdona todas sus culpas. La Magdalena
renuncia a los ídolos que ha venerado hasta aquí, y se entrega al servicio del
Señor, Jesús, después de su resurrección, se aparece a ella antes que a nadie,
excepción hecha de María, su santa Madre. En fin, la pecadora arrepentida
recibe del Señor tales gracias y tan particulares favores, que logra
convertirse en la gran Santa que hoy todos admiramos. Si hiciere penitencia,
“yo escucharé a Israel y le haré crecer como un verde pino. Israel: yo haré que
vuelvas a producir fruto” (Epístola).
3. Dos personajes frente a frente. De
un lado, el Fariseo, que se cree justo y que ha convidado al Señor a su mesa;
de otro lado, la Magdalena, la mujer pecadora, pero arrepentida y penitente.
Aquél es el tipo del pueblo judaico, ésta es el tipo de todos los convertidos
del paganismo. La sagrada liturgia nos ve a nosotros mismos en la Magdalena
penitente. La penitencia es el primer paso para la gracia y para la santidad.
Demos una prueba externa de nuestra
penitencia interior, practicando el ayuno de las Témporas. Santifiquemos
nuestro ayuno, asintiendo a la celebración del sacrificio eucarístico. En la
santa Misa unámonos al sacrificio, a la pasión y muerte del Señor, y
supliquemos a Dios se digne aceptar propicio la ofrenda de nuestro ayuno.
Pidamos que la fuerza expiatoria de esta ofrenda nos haga dignos de la gracia
de Dios, que esperamos en la santa Misa, y nos conduzca a los eternos bienes
por Él prometidos (Secreta).
Uno de los principales frutos de la
penitencia es el poder saborear las delicias de la santa Eucaristía. “Señor,
aparta de mí el oprobio” del pecado, pues de otro modo no podré gozar del
santísimo sacramento de tu cuerpo y sangre. La sagrada comunión nos dará
fuerzas para “seguir tus preceptos. Tus mandamientos constituyen mi alegría”
(Comunión). El último fruto de la penitencia son “otros beneficios aun mayores”
(Postcomunión), o sea, nuestra unión con el Señor en el cielo. Entonces Él nos
hará participantes y nos saciará eternamente de su gozo, de su luz, de su vida
gloriosa y de su inefable felicidad.
Hagamos hoy penitencia alegremente y
entreguémonos a una vida de austera mortificación, para poder alcanzar de este
modo los frutos de la penitencia. Recorramos con la Magdalena el camino de la
pecadora a la penitente, de la penitente
a la que confía en el Señor, de la que confía en el Señor a la santa, a la
coparticipe del gozo eterno del Señor. ¡Bendita penitencia!
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