CIEN AÑOS DE MODERNISMO (7)

3. Los negadores del ser y de la verdad 

Atenas era, en el siglo V antes de Cristo, el punto de encuentro intelectual de todas las escuelas filosóficas; pero su confrontación reveló amargamente sus limitaciones y contradicciones. Fue en ese entonces cuando apareció la raza tan escandalosa como improductiva de los sofistas, a los que sería mejor llamar soficidas —asesinos de la sabiduría—. Eran profesores ambulantes, más ávidos de los beneficios de la ciencia que de una verdad que desesperaban alcanzar. Hacían actos de prestidigitación intelectual. Incapaces de realizar algo constructivo, se dedicaban a criticarlo todo. Para esos hombres, al igual que los niños, la destrucción era el modo más fácil de demostrar su fuerza. Dos aspectos de la escuela sofista deben retener nuestra atención: el agnosticismo como aspecto negativo, y el inmanentismo como sustituto positivo. Veremos a continuación el sistema de Heráclito, a pesar de que haya precedido históricamente a los sofistas.
Gorgias es el mejor representante del aspecto ignorantista de los sofistas, la negación de la verdad. Se hizo célebre por su triple afirmación: 

«Nada es real. Y aunque algo existiera, no podríamos conocerlo, pues el objeto pasa, mientras que el pensamiento permanece. Y aun cuando pudiéramos conocer el ser, dicho conocimiento sería incomunicable, porque el pensamiento permanece, mientras que la palabra es fugaz» (3). 

A este suicidio intelectual, Sócrates respondió con el optimismo de la inteligencia. En esto se hizo portavoz del sentido común, un sentido innato e idéntico en todos los hombres. ¡Atrévete a negar la existencia de la luz, y verás cómo todo el mundo se burla de ti! Ahora bien, este mismo sentido común protesta a favor del realismo de nuestros conocimientos. Entre los sofistas, Protágoras representa la corriente subjetiva o egologista. 

«La verdad depende del parecer de cada uno, de modo que un mismo objeto puede ser blanco para uno y negro para otro. Hay dos discursos para cada cosa, contradictorios entre sí. El hombre es la medida y la razón de todas las cosas: de que sean, para las que son; y de que no sean, para las que no son» (4). 

Aristóteles le había respondido indirectamente al dirigirse a los pitagóricos, no sin cierta pizca de humor: 

«Cuando las cosas no concordaban con sus números las corregían, ayudando así a Dios a construir el mundo» (5). 

Toda esta gente parte del solo pensamiento y en él se queda. Desde el principio combate los hechos concretos que dan firmeza y consistencia al pensamiento, y sin la cual no es más que un sueño. Estos subjetivistas, idealistas e inmanentistas, sea cual sea el nombre que se les dé, niegan el fundamento esencial del conocimiento. Rechazan la realidad que los sentidos ven, tocan y palpan, y que se dirige a una inteligencia humana, no a un ángel. Son investigadores que no investigan nada. Estos hombres, víctimas de sus alucinaciones fantásticas, extienden frenéticamente las manos para tratar de asir en vano el objeto de sus quimeras. No son filósofos, sino ideósofos, estudiantes del pensamiento y de las ideas, y no hombres deseosos de conocer lo que es. De todos sus predecesores, ninguno sufrió tanto los ataques de Aristóteles como Heráclito (540-475). Y es que su sistema era el reverso del realismo aristotélico. Al afirmar el ser de las cosas y su naturaleza, Aristóteles pretende poder conocerlas. La inteligencia puede conocer las cosas porque son. Heráclito niega el ser, y por eso mismo niega también la facultad del ser, que es la inteligencia. En su disputa con Parménides sobre el cambio, elige entre el ser y el cambio. Según él, si se admite el ser, el cambio es imposible; ahora bien, el cambio existe: 

«Todo cambia, todo se mueve, nada se detiene. El universo es como un río. Nadie se baña dos veces en el mismo río. El fuego es el elemento omnipresente y la causa de todo cambio. Es la contradicción misma, porque lo que es, en cuanto es, no es. El fuego es algo vivo y divino, principio supremo pero a la vez impersonal e inmanente en el mundo. Es la identidad entre Dios y el mundo. La misma alma humana, chispa procedente de la gran hoguera universal, al fin volverá a ella, dotada de una inmortalidad impersonal»

Hace otra comparación para explicar el cambio:

«La guerra es la causa de todas las cosas. Bajamos y no bajamos al mismo río; somos y no somos; el agua de mar es a la vez la más pura y la más contaminada; el bien y el mal son una sola y misma cosa. Todo se separa y todo se une: el mismo ser vivo está muerto, el animal vive de la muerte de la planta» (6). 

Estas palabras tienen un tono más que marcial, tal vez casi marxista, pero ciertamente modernista y destructor de la inteligencia y del ser. La guerra heracliteísta, fuente de la contradicción y del caos universal en perpetua evolución, sólo puede engendrar la destrucción. En su defensa del principio de no contradicción, Aristóteles no se anda con rodeos: 

«Es imposible que la misma cosa tenga y no tenga el mismo ser. Poco importa lo que Heráclito, como algunos pretenden, haya opinado sobre el tema, porque no es necesario que se piense lo que se afirma» (7). 

Aristóteles explica que el error de Heráclito fue negar las esencias, que son el sujeto imprescriptible del cambio. Negó las esencias porque confundió sentido y razón, ver y saber; porque sus ojos sólo fueron capaces de ver las cosas sensibles en perpetuo movimiento. ¡Como si los datos de los sentidos fueran suficientes para proporcionar el verdadero saber! Los sentidos, en efecto, perciben la trayectoria de una pelota en el aire, pero no que la pelota siga siendo idéntica a sí misma. El dedo sumergido en agua que se está calentando siente el frío y el calor, sin advertir que el agua que se calienta es la misma. El mundo de Heráclito es un puro cambio, un vuelo de pájaro sin pájaro, una carrera sin corredor, un crecimiento sin ser que crezca. ¿Se habrá dado cuenta de que, como ese animal legendario del Medioevo que se comía los pies, su sistema del puro cambio acababa por destruir el mismo movimiento? Al reducir la inteligencia humana al conocimiento sensible propio de los animales, Heráclito se ve llevado a reducir el mundo visible al puro movimiento, es decir, a la nada. 

* * * 
Ya desde los comienzos del esfuerzo filosófico algunos espíritus se descarriaron, embriagados por la fugacidad de las cosas y por los vapores opacos del mundo sensible que oculta el mundo inteligible. El pensador Marcel de Corte juzga con dureza a estos intelecticidas: 

«La mayoría de nuestros contemporáneos que han roto deliberadamente con lo real y con su propia realidad son adolescentes tardíos que no han logrado resolver psicológicamente su crisis de pubertad. Por eso, esos efebos perpetuos se ven obligados a construir un mundo de quimeras… En el orden intelectual y moral no soportan la realidad, porque su débil inteligencia no logra horadar su corteza dura y tenaz. Por eso la niegan. Quieren aniquilarla, porque su sola presencia pone de manifiesto su debilidad. Un acto de humildad ante ella, una confesión de su misterio, serían al menos un reconocimiento de su existencia. El adolescente tardío se niega a ello: ya no puede siquiera, sea cual sea su edad, salir de su yo en que lo aprisiona la crisis permanente de que sufre. Su narcisismo constitucional lo obliga también a satisfacerse con las representaciones mentales salidas de su propia sustancia, y cuyo modelo impone a todas las cosas, para crearse un mundo que le sea accesible, ya que ni tiene ni tendrá nunca acceso más que a sí mismo. Este hombre nuevo construye un mundo nuevo, una sociedad nueva, porque se adora a sí mismo» (8)

. Al hacer un diagnóstico tan severo de la inteligencia moderna en peligro de muerte, el autor nos da la clave de la tragedia modernista: la negación del ser, la negación del otro y, por lo mismo, la negación del Otro que es el Ser por excelencia, el único que puede hacernos vivir, porque es la Vida. El hombre, al replegarse sobre sí mismo por amor propio, se condena a muerte, ya que, siendo una pobre criatura, por sí mismo no es nada. Y al amarse y replegarse sobre sí mismo, se envenena y muere de inanición. Asfixia el germen de vida intelectual y moral que sólo puede alcanzar su pleno desarrollo abriéndose al ser y a la fuente de vida. Es exactamente lo que dan a entender las palabras evangélicas, en un orden de cosas mucho más sublime: 

«El que ame su vida, la perderá; mas el que pierda su vida por Mí, la salvará» (9).

(1) Rom 1: 20. (2) Sal 18: 2. (3) Física, VIII, 5-6. A partir del movimiento de una gota de agua en el mar, Aristóteles deduce la existencia de un motor inmóvil, puesto que todo lo que se mueve es movido por otro, y la serie de motores movidos no puede ser infinita, ya que «es necesario detenerse». No hay otras dos palabras (griegas) que hayan tenido tanta influencia en la historia de la filosofía. (4) Thonnard, Précis d’histoire de la philosophie, Desclée, 1937, pp. 30-31. (5) Ibídem, p. 30. (6) Metafísica, I, 5. (7) Thonnard, op. cit., pp. 13-14. 2 Metafísica, IV, cap. 3. (8) Marcel de Corte, L’intelligence en péril de mort, pp. 267-268. (9) Mt 16: 25.

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