LUNES DE LA 3ª SEMANA DESPUÉS DE EPIFANÍA
FE
1.
“En
verdad os digo: no he hallado en todo Israel una fe parecida” (Evangelio). El pueblo escogido posee la
revelación, posee los patriarcas, la Ley de Moisés, los profetas, las Santas
Escrituras, el Templo, los sacrificios, el culto. Y, a pesar de todo eso, no
cree en Jesús. A su lado aparece el gentil, el centurión romano, lleno de una
viva fe en Jesús. No necesitas llegarte hasta mi casa, dice, para ver a mi
siervo enfermo y curarle: te basta una sola palabra, dicha desde lejos, y
quedará al punto curado. “Señor, di tan solo una palabra.” “Verdaderamente, no
he hallado en todo Israel una fe parecida.”
2. Jesús
quiere fe. Esconde su
majestad divina debajo del velo de la débil naturaleza humana, bajo su sumisión
a una Madre humana, a la naturaleza, a todas las exigencias y necesidades de la
vida. La oculta debajo del velo de su pobreza y de sus dolores. Solo la fe es
capaz de sorprender, debajo de esta envoltura externa, la verdadera grandeza de
Dios. Y Jesús pide fe, fe ciega, absoluta. “Bienaventurados los que no ven y,
sin embargo de eso, creen” (Jn. 20, 29).No es ésta la fe que encuentra en su
pueblo escogido. Israel espera un Mesías que le libre de la pesada dominación
de Roma, un Mesías que le engrandezca política y socialmente, que le procure
bienes terrenos y una prosperidad material. Absorto por completo en lo
presente, en lo temporal, Israel ha apartado sus sentidos y su vista de lo
único que tiene verdadero valor para un hombre y para un pueblo: lo eterno, lo
divino. Y esto, ¡a pesar de los Profetas y de las Sagradas Escrituras! Por eso
ocurre que Israel no cree en su Mesías. Más aún: hasta pide a Pilatos, al
pagano Pilatos, que le quite la vida: “¡Crucifícale!” El pueblo escogido ha
sido arrojado fuera. Los gentiles entran, pasan a ocupar el lugar vacío.
El oficio romano, gentil, es un representante del mundo pagano,
como lo fueron, el día de la Epifanía, los tres Magos del Oriente. Unidos a él,
acerquémonos también nosotros a Jesús, con fresca y alegre fe. “Tú eres Cristo,
el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16). Digamos sí a Jesús, a su persona, a todas
sus palabras, a su Iglesia, a la doctrina de su Iglesia, a sus mandamientos y a
sus sacramentos. Así es cómo nos contempla hoy el Salvador en el Evangelio: “Muchos
(gentiles) vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa, en el
reino de los cielos, con Abrahán, con Isaac y con Jacob.”
3.
Admiremos
la fe del centurión romano. No conoce las Sagradas Escrituras ni los profetas;
ignora los grandes prodigios realizados por Dios con su pueblo escogido. Y, con
todo eso, cree en Jesús. Cree que puede sanar, aun desde lejos, a su siervo
enfermo. Le basta con querer. Y, ¡con qué respeto se acerca al Señor! ¡Ni
siquiera se considera digno de que Jesús vaya a su casa! Todo lo contrario de
los judíos. Éstos cierran sus ojos a los milagros del Salvador. Obran como si
ignoraran por completo las profecías del Antiguo Testamento. ¡Misterios de la
gracia! “Tendré misericordia de los que me compadecieron y me compadeceré de
los que tuvieron misericordia” (Rom. 9, 15; Ex. 33, 19). “Por consiguiente
–continúa diciendo el Apóstol-, no es resultado del que quiere ni del que corre
(de los esfuerzos del hombre), sino pura misericordia divina” (Rom. 9, 16). Si
nosotros hemos sido llamados al reino de Cristo, si creemos en el Señor, no es
porque nosotros lo hayamos merecido: es por pura gracia y misericordia de Dios.
¿A quién da
Dios su gracia? Al pequeño, al humilde. “Te alabo, Padre, Señor de cielos y
tierra, por haber ocultado esto (la palabra de Cristo, su predicación) a los
prudentes y sabios (según el mundo) y
por haberla revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25). Los sabios, los
doctores del pueblo de Israel, los Escribas, los conocedores de la Ley se
vanaglorian de su ciencia y ponen en ella toda su confianza. A todos ellos les
es ocultado Jesús. En cambio, a los pequeños, a los que no pueden confiar en su
sabiduría humana, a los que reciben la palabra de Jesús con sencillez, como Él
la pronuncia, a todos éstos Dios los ilumina y los hace comprender sus
misterios, les revela a Jesús. “Sea, Padre, pues que tú así lo has querido.”
(Mt. 11, 25). “Dios resiste a los soberbios. En cambio, da su gracia a los
humildes” (1 Pe. 5, 5).
“El que crea
estar seguro, tenga cuidado no caiga” (1 Cor. 10, 12). Israel abusó de la
gracia: ¿no puede ocurrirnos lo mismo a nosotros? Desgraciadamente, así sucede
con harta frecuencia. ¡Qué poco fieles somos a ella y a sus inspiraciones! ¡Qué
poco nos esforzamos por evitar los pecados veniales, las faltas “pequeñas”,
todas nuestras infidelidades! Nos ocupamos muy poco de Dios. Preferimos nuestra
voluntad y nuestros gustos a los suyos.
“Si se han
roto algunos ramos, y tú, siendo un olivo silvestre (del paganismo), has sido
injertado en el tronco de las ramas tronchadas, participando así del jugo vital
del buen olivo, no te ensoberbezcas por eso contra los ramos caídos (contra
Israel desechado). Los ramos fueron tronchados a causa de su incredulidad, y tú
estás firme en la fe. Pero no te ensoberbezcas por ello, antes teme. Si Dios no
perdonó a las ramas naturales, quizá tampoco te perdone a ti” (Rom. 11, 17
sg.).
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