SÁBADO DE LA 2ª SEMANA DESPUÉS DE EPIFANÍA
VOCACIÓN DE SIMÓM, DE
FELIPE Y DE NATHANAEL.
1.
Al
dejar la casa en donde había visto a Nuestro Señor, Andrés, uno de los dos
discípulos de Juan, encontró a su hermano Simón, a quien dijo: “Hemos hallado
al Mesías”. Andrés procura compartir primeramente con los suyos la gracia que
Dios le ha hecho de descubrir a Jesucristo. Aunque el día estuviese ya muy
avanzado, juzgando que este apresuramiento no disgustaría a Nuestro Señor,
Andrés conduce inmediatamente a su hermano, ya impaciente por conocer a Jesús.
Si tú aprecias la gracia de haber hallado a Jesús, no debes tener menor
solicitud por la educación cristiana de tu familia. No difieras para el día
siguiente lo que puedas hacer en el mismo día por la gloria de Dios y la
salvación de tu prójimo.
Deja a un lado todo interés temporal
cuando se trate de cosas en que se arriesguen los grandes intereses de la
eternidad. Sin embargo, tu conducta, ¿no demuestra una incomprensible
indiferencia por el reinado de Jesucristo, al ver cuán débilmente trabajas por
atraer las almas al servicio de Dios? Que en lo sucesivo, el más pequeño
placer, el menor deseo humano que satisfacer, no te haga cejar o abandonar una
buena obra.
2.
Habiéndole
mirado Jesús, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás, te llamarás Cefas”. El
corazón de Simón Pedro, bajo la influencia de esta poderosa mirada, se abrasó
en deseo de seguir a Jesucristo.
Es el único
Apóstol cuya vocación, como más tarde su penitencia, fue decidida con una
divina mirada. Todas las gracias que has recibido prueban una predilección de
Jesús por ti. Ama la vocación que Él mismo te ha elegido, y cree firmemente que
es la más segura para tu salvación. No envidies a los que te parezcan más
favorecidos que tú, bien sea en el orden espiritual o temporal. Andrés no tuvo
envidia de la preferencia que desde luego Nuestro Señor dio a su hermano; y más
adelante le reconoció por su jefe, por más que él le hubiese precedido en el
apostolado. Conténtate con el lugar que Dios te ha asignado en la tierra, con
el ministerio que te confía, y cualquiera que sea tu posición, estímala como
superior a tu mérito.
3. Al día siguiente quiso Jesús ir a
Galilea, y encontrando a Felipe, le dijo: “Sígueme”. ¡Cuán poderosa es la
palabra de Dios para el alma sencilla! Bastó una mirada y una palabra de Jesús
para que Felipe se consagrase para siempre a su servicio. ¿No te ha dirigido
Nuestro Señor en el fondo del corazón esta palabra llena de amor: “Sígueme, y
no al mundo… sígueme, y no a tus pasiones o las mil distracciones en que
disipas el tiempo y mi gracia? ¿Qué has respondido a Jesús? El celo de este
nuevo discípulo se dejó ver bien pronto: habiendo encontrado a Natanael le
llevó al divino Maestro. Jesús, fijando sobre este último una mirada llena de
amor, dijo: “He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay doblez”. ¿Podría
Jesucristo hacer el mismo elogio de tu sinceridad? Examina si hay algo que te
impide el ser el objeto de sus complacencias. Si hay en tus pensamientos,
intenciones o palabras motivos defectuosos, refórmalos, siguiendo la dirección
espiritual que te es dada.
Pide a
Nuestro Señor, que solo se comunica con abundancia a las almas rectas, te
conceda la gracia de llegarte a Él con gran pureza de intención.
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