TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
“LA DIESTRA DEL SEÑOR”
1.
“El
Señor edificó a Sión (la Iglesia): allí se dejará ver en toda su majestad” (Gradual). Hoy es la Epifanía, la
manifestación de Cristo, del Rey divino, en su santa Iglesia. Aquí se nos manifestó
y se nos manifiesta continuamente, para establecer en nosotros el reinado de su
misericordioso y salvador amor. Acatémosle. “El Señor es Rey: alégrate, tierra
(Iglesia, alma mía).”
2.
“El Señor edificó a Sión: allí se dejará
ver en toda su majestad.” “Adoradle, ángeles todos.” “Sión –la Iglesia, la
comunidad de los fieles congregada en torno al altar- oye la nueva y se
regocija.” Se acerca al Señor, que aparece, en la santa Misa, en medio de ella,
y le acata. Primero, con la profunda y robusta fe del oficial romano del
Evangelio: “Señor, di solo una palabra, y sanará mi siervo.” “En verdad os
digo: no he hallado en todo Israel una fe parecida.” La Iglesia le acata
después con la confianza del leproso del Evangelio: “Señor si tú quieres puedes
limpiarme.” “Quiero; sé limpio.” Nosotros debemos acatarle, finalmente, con
nuestra vida. “Hermanos: No os tengáis a vosotros mismos por prudentes. No
devolváis a nadie mal por mal. Obrad el bien, no solo delante de Dios, sino
también delante de los hombres. En cuanto dependa de vosotros, conservad
siempre la paz con todos los hombres. No os defendáis a vosotros mismos. Al
contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de
beber. No te dejes vencer por el mal (que otro te cause), sino vence al mal con
el bien (que tú hagas al que te causa mal)” (Epístola).
Reinado
de Cristo, del Rey divino, en
su Estado, en la santa Iglesia, en cada uno de nosotros. Lo divino desciende
hasta la más dura realidad, hasta la más profunda miseria de los hombres, para
curarla, para remediarla. “Entonces Jesús extendió su mano y le tocó, diciendo:
‘Quiero; se limpio.’ Y en el mismo instante quedó limpio de la lepra” (Evangelio). En el leproso del Evangelio
de hoy reconozcámonos a nosotros mismos. Cuando recibimos el santo Bautismo,
extendió Jesús su mano sobre nosotros con infinito amor y nos tocó, diciendo:
“Quiero; sé limpio.” Un reinado de misericordia y de generoso amor: he ahí lo
que es la Epifanía del Señor. “Dios es caridad.” En Cristo se encarnó el amor
de Dios y apareció entre nosotros, para ayudarnos, para curar nuestras
enfermedades, para salvarnos. Él espera de nosotros la fe del centurión, la ardiente
y angustiosa súplica del leproso: “Señor, si tú quieres, puedes limpiarme.”
3.
“La diestra del Señor ejerció su poder, la
diestra del Señor me ha levantado: ya no moriré, sino que viviré y contaré las
maravillas del Señor”, los prodigios de su poder y de su amor, los prodigios
que realizó conmigo en el santo Bautismo, los que realiza continuamente en el
sacramento de la Penitencia, en la santa Misa y en la sagrada Comunión. “No
moriré, sino que viviré” (Ofertorio).
Viviré, gracias al amor y a la misericordia de Cristo, del divino Rey, que se
han manifestado en la Iglesia, que viven y obran en ella. Creamos. Demos
gracias a Dios.
“Muchos
(gentiles) vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa (sagrada
Comunión) con Abrahán, con Isaac y con Jacob. En cambio, los hijos del reino
(el pueblo escogido de Israel) serán lanzados a las tinieblas exteriores” (Evangelio). “El Señor edificó a Sión”
(la Iglesia, los gentiles, nosotros). “Los gentiles honrarán tu Nombre, y todos
los reyes de la tierra admirarán tu gloria” (Gradual).
Demos gracias al Señor. Admiremos su gracia y su inmerecido amor hacia
nosotros. ¡Arrepintámonos de haber correspondido tan mal a una y a otro!
Comentarios
Publicar un comentario