3 DE ENERO. JESÚS EN EL ESTABLO DE BELÉN.

 ¿Por qué los santos podían con tanta facilidad pasarse días y noches enteros cerca de su Salvador, bien en espíritu junto al pesebre, bien en las iglesias para adorarle, invocarle, darle gracias y amarle? Pues porque los santos no tenían apegos terrenos, ni los habían manchado con defectos incompatibles con el amor del Niño Dios. -Tú les enseñaste, oh Jesús, a entregarse a ti por entero; por eso no tuvieron otro gusto que el de permanecer siempre contigo, pues estaban libres de afectos mundanos, de viciosas inclinaciones, de amor propio y de propia voluntad.

¿Por qué a veces nos conmovemos hasta llorar de pena al ver la miseria de un pobre desgraciado y quedamos insensibles viendo a Dios acostado sobre paja, careciendo de lo necesario y en la más triste abyección? Es, sencillamente, porque el amor natural hacia nuestros semejantes tiene mucha más fuerza sobre nuestros corazones que el amor sobrenatural que le debemos a Dios. Motivo de esto es nuestro estado de decadencia, pero también nuestra cobardía al no dejar que triunfe la gracia en nuestras almas. No queremos sacrificar a Jesús nuestras ideas, caprichos, repugnancias y aversiones. Tampoco dejamos al Espíritu Santo obrar en nosotros plenamente. Con demasiada frecuencia olvidamos que la sólida virtud, fruto de los sufrimientos del Niño Dios, no podrá injertarse en nuestra caída naturaleza, sino por las incisiones que la abnegación ha de practicar en nosotros.

Es necesario que la virtud de la humildad saje en lo vivo de nuestro orgullo, vanidad y crecientes pretensiones. Es necesario que el apego al mundo y sus halagos, el afán de gozar y satisfacer nuestros sentidos, pasión del bienestar y libertad absoluta, sean reemplazados en nuestros corazones por los gustos opuestos de la soledad, el silencio y la oración, por el espíritu de penitencia, y mortificación, por el deseo constante de obedecer en todo a Dios, uniéndonos a su santísima voluntad. A este solo precio habrá nuestra alma de hacerse sensible al dulce imán del amor divino. El pensamiento del portal de Belén donde nació Jesús, el pesebre en que descansa, el tabernáculo donde habita día y noche, es el pensamiento que habrá de conmovernos como a los santos, que nos impulsará a hacer actos de amor ardiente hacia ese Dios que se hace Niño en interés de nuestra salvación y prisionero de su infinita ternura hacia nosotros.

Jesús, la misma Santidad, tú no puedes reinar plenamente en un alma dominada por el hábito de faltas leves: impaciencias, murmuraciones, críticas, resistencias a tus representantes. Otórgame el dominio de mi mismo y mis pasiones. Que mis delicias las ponga en pensar en ti y en hablarte de continuo. Por eso propongo:

  • 1º hacer frecuentes actos de amor, recordando el tuyo.
  • 2º extirpar de mi alma los obstáculos a la vida de recogimiento y oración.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MIÉRCOLES SANTO

PRIMER VIERNES DE MES

JUEVES SANTO